El placer de expresar el dolor
- Leo Eliseo

- Aug 2
- 1 min read
Resulta extraño admitir que existe cierto placer en expresar el dolor. No porque el sufrimiento sea deseable, sino porque el silencio suele hacerlo insoportable. Hay heridas que, mientras permanecen encerradas, crecen sin medida. Al nombrarlas, por primera vez aceptan un límite.
Quizá por eso el ser humano escribe, canta o llora. Ninguna de esas acciones cambia lo ocurrido. El pasado conserva su autoridad y la pérdida continúa siendo pérdida. Sin embargo, algo se modifica. El dolor deja de gobernar desde las sombras y comparece ante nosotros como un hecho, no como un tirano.
Toda emoción es caótica. La palabra, en cambio, exige orden. Obliga a elegir un término entre mil, una frase entre infinitas posibilidades. Ese ejercicio convierte una tormenta en un relato. La herida continúa abierta, pero ya puede contemplarse sin que consuma toda la mirada.
No creo que el arte nazca del sufrimiento, como tantos afirman. También nace de la alegría, de la admiración y de la esperanza. Pero el dolor posee una cualidad singular: exige ser comprendido. Quizá esa necesidad explique por qué tantas páginas memorables fueron escritas después de una despedida, una derrota o una muerte.
Expresar el dolor no consiste en glorificarlo. Mucho menos en convertirlo en identidad. Consiste en impedir que permanezca como una fuerza muda. Mientras el sufrimiento carece de voz, domina. Cuando encuentra palabras, comienza a obedecer.
Tal vez esa sea la función más noble de la escritura: no borrar las heridas, sino enseñarles su lugar.

Comments