Kevo
- Leo Eliseo

- Jul 30
- 2 min read
Hace un mes, Kevo me dijo algo que desde entonces no me abandona.
Lo dijo con la tranquilidad de quien comenta el clima.
—Leo, siento que nunca voy a encontrar el amor.
No supe qué responder. Pensé que esperaba alguna frase de consuelo, alguna de esas que siempre llegan tarde.
Pero continuó.
—Soy gay... pero no me gustan otros gays.
Lo miré por encima de la taza de café. Esperé una sonrisa, una explicación o el remate de un chiste. No llegó nada. Solo el ruido de una cuchara golpeando la porcelana.
Después cambió de tema.
Hablamos de música. De una película que ninguno de los dos entendió. De un perro que había aprendido a abrir puertas. Al despedirnos, nos abrazamos como siempre. Parecía una tarde cualquiera.
Pero aquella frase decidió quedarse conmigo.
Los primeros días intenté corregirla.
Pensé que quizá había hablado desde el despecho. Que alguna decepción reciente le había robado el optimismo. Era la explicación más sencilla.
Sin embargo, con el paso de las semanas, la frase empezó a desprenderse de Kevo.
Comencé a verla en otras personas.
Recordé a un viejo profesor de historia que solía decir que no soportaba a los historiadores. A un músico que prefería ensayar solo antes que compartir con otros músicos. A un escritor que evitaba los círculos literarios porque, según él, allí se hablaba demasiado de escritores y muy poco de libros.
Ninguno había dejado de ser lo que era.
Simplemente parecía no reconocerse en quienes llevaban el mismo nombre.
Fue entonces cuando volví a pensar en Kevo.
Tal vez aquella tarde no me estaba hablando de los hombres que amaba.
Tal vez me estaba hablando de otra clase de soledad.
La de descubrir que una palabra puede describirte sin alcanzarte.
Desde pequeños aprendemos a nombrarnos. Aprendemos que somos hombres o mujeres, creyentes o ateos, artistas o comerciantes. Con el tiempo descubrimos que cada una de esas palabras llega acompañada de un retrato que alguien más pintó antes que nosotros.
Y, a veces, el parecido es apenas suficiente para que nos confundan.
Nunca volví a preguntarle qué quiso decir.
Hay conversaciones que se estropean cuando uno les exige demasiadas respuestas.
Prefiero recordar aquella tarde tal como ocurrió.
Dos amigos tomando café.
Uno de ellos pronunciando una frase extraña.
Y el otro descubriendo, semanas después, que el ser humano pasa buena parte de su vida intentando parecerse menos a sus etiquetas y un poco más a sí mismo.

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