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Artista torturado 3

El artista se sentó en la orilla de su propia historia, viendo cómo las olas del tiempo golpeaban las ruinas de sus ambiciones. Nunca pidió ser mártir, pero la vida insistía en darle la corona de espinas.


Le habían dicho que debía ser paciente, que todo llega en su momento, que el arte encuentra su camino. Pero el camino se le cerraba en cada intento, y la paciencia se desangraba en una espiral de expectativas ajenas. Trabajaba en la sombra, cincelando su obra con el fervor de quien sabe que no hay otra opción. Pero en casa, lo miraban como una inversión fallida, un billete de lotería que nunca dio premio.


Esta vez, le ofrecieron la llave para salir del laberinto, un boleto para ver el mundo bajo sus propios términos. Pero en el último segundo, le dijeron que no. Que el precio era demasiado alto. Que el mundo podía esperar. Y mientras tanto, que justificara cada moneda, cada aliento, cada sueño que se atreviera a soñar.


En su cuarto, solo, se enfrentó al espejo. No sabía si la rabia o la tristeza pesaban más. Sabía que el arte debía redimirlo, pero por primera vez en mucho tiempo, la inspiración no respondía.


Se acostó sin esperanzas. Y en sus sueños, fue a París. Caminó por sus calles empedradas, respiró el aire de Montmartre, se vio a sí mismo en cafés con otros artistas que jamás conoció. Y cuando despertó, la ausencia era tan real que dolía más que cualquier rechazo.


El sol salió de nuevo, indiferente. Él se levantó con el peso del mundo sobre los hombros y supo que este no era el final. Tal vez ni siquiera era el clímax. Solo otro capítulo en la saga de su tormento.


Pero el artista torturado no muere. No todavía.

 
 
 

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