Clarencia Astral: Capítulo XV
La marcha de vuelta a Domiria fue buena medida para realizar el trabajo de un escriba. El señor Astral me relata de su vida: triunfos y caídas. Hace aproximadamente un ciclo parecían tener ventaja divina cuando se estrelló en su campo un peñón dorado. Provenía del cielo, sin explicación o repetición alguna.
La familia, en vez de ocultarlo, se lo demostró al emperador, quién en su sabiduría sabía no jugar con lo que no entendía. Así que en vez de apropiarlo optó por aceptarlo como señal palmar y decidió colocar a sus custodios entre su concilio noble.
Los Astrales, en agradecimiento, decidieron donar grandes porciones hacia la infraestructura del imperio, volviéndose la familia más influyente y popular de la noche a la mañana. Esto ya todos lo sabemos. Lo que me confiesa Dariel en su embriaguez es algo menos conocido: la relación tardía con la madre de sus hijos.
Él estaba al mando de una buena porción de feros, y creció distante de su familia. Campaña a campaña sentía que los perdía. No había notado que Lisandro en su lamento prefería compartir conmigo el silencio. No había apreciado la dolencia compartida en las responsabilidades de la milicia. La cual se llevó a nuestros padres, solo que en un sentido más literal al mío.
El helio que nos transporta no recibe buenos vientos, así que esperamos en la domada unos soles inciertos. Lisandro me cuenta de su hermana, entre ambos la más amada. Narra con cierta calidez sus gustos y deferencias, sus colores y preferencias. Es una dama que sueña con explorar el mundo y sus bellezas. Tiene ojos para todo, como su padre. Curiosidad inigualable, como yo. Cómo la que se cultiva en mi consciencia tras escuchar por horas la cualidad de mi futura esposa.
Llegan oportunos vientos. El príncipe se ve satisfecho, sabe lo que en mi ha creado. Sabe hasta donde nuestras charlas han llegado. Conoce bien lo que en mi corazón marzo esmeraldo ha logrado...


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