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Clarencia Astral: Capítulo XX

Jul 25
2 min read

Updated: Jul 28

Soles pasan y se aproxima la ceremonia. Me siento a escribir cada noche; aún no termino mi obra. Cuando el concilio me encomendó una breve historia marza, jamás pensé en el camino narrar la mía. Es imposible separar al autor de su creación. Cómo no es posible arrancar una palma sin llevarte una parte del marte.


Pienso en Celestia, sus ojos azules turquesas. Su pelo suave, como la laguna que nos rodea. Mi cálido corazón la espera. Por ella soy más que cronista, sino poeta. Por segunda vez en mi vida, una marza me alegra.


Es tarde y en mi puerta se escucha alguien afuera. No puede ser ella. Tolomeo se levanta y asume sus armas. No puede ser mi amor pasado, mi condición ya la hubiera detectado. Mi rostro ya se hubiera alterado.


Suena la puerta. Tolomeo está preparado. Suena una voz... Es ella. Me dirijo a mi balcón, Tolomeo corre y me aguanta. Está muy inquieto con lo que ocurre. Rápido me susurre: Trampa, amo, truco brujo. Soy escéptico ante tales absurdidades. Me lo saco de encima y me dirijo a la puerta del balcón. La abro, y ahí abajo, está ella.


Casi desnuda, mi pasada damisela. Buscando refugio, donde causaría problema. La realización me frena. El hechizo está roto, y Elara me observa. "Amor, te he esperado" exclama ella, causando una escena en plena carretera, así que le digo a mi grande que se encargue. Cierro mi balcón y escribo una nota: Si eres real, y no me causas daño, veamos una última vez al lado de los baños. Se lo paso a Tolo, y él lo transmite afuera.


Al sol siguiente, me encapucho y me dirijo a los baños del distrito, donde por primera vez conocí su cuerpo antes de su nombre. Ahí está parada la marza de mis sueños, la que me vio crecer, la que me adora antes de la nobleza. Hacer contacto visual y no desgarrarme fue una gran sorpresa. Me acerco a su rostro, que ya había olvidado; que recordar me pesa. Me siento liviano. La identifico por su voz, tiene un timbre peculiar. Le digo: Te había reemplazado, era lo más sano que podía hacer bajo mis circunstancias. Ella se queda callada.


Veo en su rostro que ya conoce de mi nueva dama. Solo nos quedamos mirándonos, en silencio, pensando en cuando el mundo era nuestro. "Dime, dime que hubieras hecho, Elara, si tu presencia nos causaba dolencias." Ella no responde nada. Solo me agarra y me abraza. Siento lágrimas en mi cuello. Por primera vez en buen tiempo, mi estómago está revuelto. No sé si piensa esto como despedida, si la volveré a ver o tendremos otra salida. Pero aquí el encuentro de hoy termina, y cada cual vuelve a su guarida.


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