Clarencia Astral: Capítulo XXIX
- Leo Eliseo

- Aug 13
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Sobre los dracos:
De esa oportuna reunión salí con un sabor agridulce en la boca. No hay palabras que complazcan tal sensación de escoria. Los dracos no viajan a los reinos medios al menos que sean invocados. No queda nadie vivo que hable su lengua. En tiempos de teomarzos se prohibió practicarla para aprenderla. El plan de Lisandro es más sencillo, piensa robar huevos y que atormenten las hembras.
Juega con elementos divinos, apto de un futuro teomarzo. Tal vez no le haga falta ni mi ayuda, pero por el momento solo agradezco la confianza impuesta. Me permite trabajar mi respuesta y saber lo que nos espera. En capítulos pasados he dictado en mi bestiario los tipos de dracos que nos visitan. Los mensos son los más comunes e inofensos. Los eternos ocultan sus misterios atrás de la altura de la ciudad eterna.
Los que Lisandro propone provocar, son los que más daño nos pueden causar: los rojos. Rojos y fuertes como el suelo marzo que estallan paso a paso, rugido a rugido. Su fuego es útil en la helada, donde los escasos pobladores la veneran. Aquí solo trae imbalance a una sutil danza entre la jungla y nuestra civilización. Aquí el fuego que empiezan puede jamás terminar. De que sirve reinar si no queda trigo para cenar.
He escrito mis mayores preocupaciones y riesgos del plan de Lisandro, más las he compactado en una carta con destino a su casa. Solo para abrir las manos del príncipe, he recalcado en el mensajero que he contratado. Es suma importancia la discreción de todo acto seguido, y más cuando lleva mi apellido.
Por primera vez me siento, miro hacia el techo, y noto la disociación entre el poder y como adquirirlo. Que sucio jugamos y aún así lo hacemos para aparentar el más limpio. Que digno nos pintamos mientras manchamos de sangre el piso. Que peligrosa es la ambición, pero que sabrosa es su fruto.
Celestia me nota preocupado. No sabe que a su lado descansa su mayor enemigo. Me tormenta la esperanza, de saber que entre paz y danza, se desalinea la balanza frágil que compone el poder y su alabanza.

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