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Clarencia Astral: Capítulo XXVI

Los primeros soles al lado de mi esposa desvanecen. Ya es hora de retomar el rol de cónsul y mis asuntos atentar. De camino de vuelta a Clarencia, el tono ha cambiado, se ha acabado el vino y la fiesta. La normalidad en la calle vuelve a reinar. La carroza primero me lleva a mi hogar, que Celestia aún no conoce. Le enseño el modesto lugar y donde dormiremos. Ella sonríe y agradece el acomodo y limpio hogar que la ha esperado.


Luego, casi corrido, lo sigo al Senar. Ahí me espera el concilio y una casa entera de nobleza menor que apenas sabe representar el debido interés mayor. Son senadores imbéciles, la mayoría, votando con la cabeza y lengua de sus bandos correspondientes. En tiempos imperiales, no importaban realmente. Ahora tratan de volverse relevante ante la falta de un poder central.


La mayoría son populistas, se engrandecen con penas que no han vivido ni sienten. Hay que temer el deseo de la gente. El Senar pocas veces actúa para remediar sino para aprovecharlo y luego echarlos a un lado y el poder usurpar. Es lo que buscan todos desde el rey hasta el pescador: la corona y su poder.


Ignorando la naturaleza marza, busco fuerzas para escuchar hasta el medio sol los asuntos de la élite. Se almuerza, y finalmente se congrega el concilio de forma íntima. Lo que antes era una corte imperial ahora se ha convertido en un salón ejecutivo como parte del esfuerzo Astral por convencernos que reinamos por igual. El trono coge polvo, y ya nadie se atreve ni acercarse a ese maldito objeto que nos ha costado tanto al pueblo.


No tengo la valentía de proponer mi orden sacrificia en esta reunión. Algunos de los cónsules siguen con cuerpos débiles de tanto feriado, y no les quiero quitar el poco apetito que les queda. Los únicos realmente presentes parecen ser Dariel y yo. Charlando más sobre la política que política. Es bueno tener un marzo así de mi lado. Sabio, justo y querido. ¿Que diría el pueblo si se enteran de su oscuro secreto?


Es imposible ignorarlo mientras lo escucho hablando. Me concentro en los mapas en el centro de la mesa, el vino; y una sirvienta y su cara de tristeza. No estoy acostumbrado a la tensión entre patriarcas, afortunadamente no hubo ninguna en esta ocasión. Excepto la mía en mi interior.


Todos querían volver a sus casas y simplemente descansar. Y así fue, la primera junta del primer año de esta. Donde meramente fue propuesto una obra pública homenajeando los últimos años de Onca, conmemorando el fin de su ciclo. Dando paso, a la edad del concilio clarentino.

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