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Clarencia Astral: Capítulo XXVII

Mi padre nunca buscó reina ni pasar la responsabilidad a sus herederos. Yo solo la asumí bajo el pretexto de sus sacrificios al imperio. Ahora me entero que hay más que esto detrás del velo. No hay vuelta atrás, tengo que recoger del suelo una corona de duelo, de secretos, de marzos que su vida dieron por mantenerlo así, bajo el suelo.


Me pesa la intriga, tengo que volver a verlo. El príncipe oscuro que en realidad es mitad hermano, mitad bastardo; y por culpa de estos pecados, hoy día visto con un lauro dorado. Fácil sería simplemente olvidarlo, dejarlo a un lado. Pero mi cabeza jamás así ha obrado. No sé qué le diré cuando lo vea, solo reconozco que cargarlo solo me joroba.


La vida doméstica me fortalece y me brinda paz. Celestia trabaja botánica en un jardín descuidado en el patio interior del complejo. Con mi nuevo sueldo, expando la residencia y contrato una brigada para laborar la fachada. Admito: no soy fanático de las superficialidades atadas con la nobleza. Pero tampoco soy ignorante de agradar mi amada con lujos en vez de nuestra corta vida desperdiciarla asumiendo algo que ya no somos. Actuando una clase social a la que ya no pertenezco.


Hay cuartos nuevos para decorar, sirvientes nuevos que entrenar. He pensado hasta hacerle compañía a Tolomeo con un nuevo rubí, pero él no me va a perdonar. Es interesante todos los quehaceres que delego ante Celestia, mi hermosa dama capaz. Transformando nuestro hogar, preparándolo para nuestros hijos, que algún día llegarán.


Al menos sé que Dariel aprueba del estilo de vida que le proveo a su hija. Le cuento todo en los pasillos antes de reunir al concilio o bajar al Senar. Soy un marzo sencillo, nací en relativa pobreza, y me conformo con ella. Él lo entiende y lo aprecia. Solo hago lo digno, de nuestra altura.


Abajo del apartamento también he renovado el librero. La joya de mi padre, que en paz descanse. Principal ingreso de los Eliseos. Rentar sabiduría, apreciado primero por el colegio palmar. Nos visitan cada sol, para rebuscar entre polvorín y mal olor, texto sacro que les puedan ayudar y brindar algo de luz a sus infinitas búsquedas de paz. Me sentiría culpable viviendo palatinamente arriba de literatura mal cuidada.


Ojalá algún día de estos envíen a mi hermano a explorar la creación de su propio padre, continuada por nuestra lealtad. Sentirá orgullo al ver nuestra humilde casa convertida en una pequeña mansión, con su propio bazar intelectual; accesible a más que meros clérigos.

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